La vanguardia del conocimiento


Eres un niño en un pueblucho de Alabama.

Desde pequeño te han carcomido sensaciones vagamente numinosas y un incierto presentimiento respecto a tu propio potencial, pero nunca has conseguido dar con él.

Entonces un buen día descubres la obra de un par de escritores. Son bastante conocidos (para ser extranjeros), de manera que sus libros se pueden conseguir incluso en tu pequeño pueblo. Sus nombres son «Tolstói» y «Dostoyevski». Al leerlos caes en la cuenta: ¡Esto es! ¡Es la señal que estabas esperando! Este es tu destino: ¡convertirte en un novelista ruso!

Ebrio de inspiración, los estudias de cabo a rabo hasta que consideras que tienes una idea clara de a qué juegan. Te enteras de que son bastante conocidos en Rusia, pero bajo tu mirada experta no parecen ser gran cosa (afortunadamente, gracias a un malabarismo genético, da la casualidad de que eres un genio). Para ti seguir sus pasos parece bastante fácil —de una forma más sofisticada, por supuesto, y orientado a un público moderno. Así que escribes unos cuantos libros de esa índole, los publicas y la gente los adora. En Alabama revientan de orgullo y dicen que has fulminado a Tolstói por goleada.

Después, tras años de creciente éxito, llega una carta extraña. ¡Es de Rusia! Han estado leyendo tus obras traducidas y has sido elegido para unirte al Sindicato de Escritores Soviéticos. ¡Estupendo!, piensas. Por supuesto, al vivir en un agujero remoto de Alabama te ha resultado difícil encontrar ejemplares de novelistas rusos contemporáneos. Pero qué diablos, Tolstói escribió sus historias hace años. ¡A estas alturas esos rusos deben de estar escribiendo como fieras!

Entonces llega un cargamento de novelas rusas modernas, un puñado de libros que ha conseguido zafarse de la burocracia. Lo abres y… ¡ohdiosmío! ¡Es… es COMUNISMO! ¡Un montón de basura estereotipada! Sobre héroes rojos de dos metros, y robustos granjeros cantando las alabanzas de sus tractores, y madres y padres entregando a sus hijos a la patria… Tragándote la bilis, ojeas algunos más al azar. Oh, cielos, es espantoso.

Entonces la Gaceta Literaria te llama desde Moscú y te pregunta si te gustaría hacer algunos comentarios sobre la obra de tus nuevos camaradas. «¡Claro, por qué no!», contestas amablemente, «Está más claro que el pis de burra que estos tipos se han despistado por completo. Esto no es literatura; es un montón de basura de agitación y propaganda dictada por vuestros estúpidos editores tiránicos. ¡Si Tolstói estuviera vivo, dejaba vuestros adormecidos culos marxistas en carne viva! Toda esta mierda inane sobre héroes comunistas arrasando Berlín y trabajadores batiendo récords de producción… ¡No son más que gilipolleces fantasiosas y grandilocuentes que no engañarían a un niño de diez años! ¿Queréis conocer el verdadero potencial contemporáneo de la novela rusa? ¡Leed mis obras, si es que sois capaces de hacerlo sin mover los labios! Luego me volvéis a llamar.»

Y, en efecto, te vuelven a llamar. Pero vaya por Dios, el ala dura del Sindicato de Escritores te ha echado del regimiento con cajas destempladas. Te han llamado de todo… han dicho que eres un pijo engreído, un pelele del capitalismo, un intelectual servil y sin talento. Después de eso, sigues escribiendo, a veces incluso crítica. Por supuesto, a estas alturas empiezas a ir A DEGÜELLO.

Esto sucedió realmente.

Excepto que no fueron Tolstói y Dostoyevski. Fueron H. G. Wells y Olaf Stapledon. No fueron novelas rusas, fue ciencia ficción, y el Sindicato de Escritores era en realidad la SFWA (Asociación de Escritores de Ciencia Ficción y Fantasía de Estados Unidos). Y Alabama era Polonia.

Y tú eras Stanislaw Lem.

Lem fue extirpado quirúrgicamente del seno de la ciencia ficción americana en 1976. Desde entonces muchos otros escritores han abandonado la SFWA, pero el número de los que fueron expulsados por el crimen de ser una miserable rata comunista permanece notablemente bajo. Lem, por supuesto, ha seguido cosechando un éxito generalizado, gran parte de él entre pomposos críticos de literatura convencional a los que no pillarías ni muertos en la sección de ciencia ficción de una librería. Recientemente se ha publicado en rústica una colección de ensayos críticos de Lem, Microworlds. Para aquellos de nosotros que no estamos al tanto de la trifulca que causaron estos ensayos en los años 70, supone una lectura reveladora.

Lem se compara con Crusoe, declarando (fielmente) que tuvo que construir toda su estructura de «ciencia ficción» básicamente desde cero. Tenía a mano los vetustos restos del naufragio de Wells y Stapledon, pero hacía años que los había saqueado en busca de herramientas. (Le debemos la colección de ensayos a la búsqueda entre la arena de su compañero Viernes, el crítico austriaco Franz Rottensteiner).

Estos ensayos son la obra de un hombre solitario. Podemos juzgar el fervor de los intentos de Lem por comunicarse en un texto como Sobre el análisis estructural de la ciencia ficción: un polaco escribiendo en alemán a un austriaco sobre la teoría semántica francesa. La cabeza da vueltas. Después de ese esfuerzo sobrehumano por comunicarse, uno pensaría que la gente le daría una cierta cancha a Lem, aunque sólo fuera por pura compasión.

Pero la ideología de Lem —tanto política como literaria— es, simple y llanamente, demasiado amenazadora. Aquello a lo que Lem llama ciencia ficción se parece un poco a la ciencia ficción estadounidense, más o menos de la misma forma en que un delfín se parece a un mosasaurio. Era inevitable que se produjeran algunos encontronazos y dentelladas competitivas. Las aguas se enturbiaron hace diez años y el juicio de la evolución todavía no se ha pronunciado. Las apuestas inteligentes pueden ir con Lem. Las apuestas más inteligentes todavía, con algún híbrido sensato. En cualquier caso, nos vendría bien intentar comprenderlo.

Lem muestra muy poco interés en la «ficción» per se. Le interesa la ciencia: la estructura del mundo. Una pequeña obra autobiográfica, Reflexiones sobre mi vida, deja claro que Lem ha sido así desde el principio. El arranque de su carrera literaria no fue la ficción, sino los textos médicos de su padre: para el pequeño Stanislaw, un mundo mágico de esqueletos y cerebros diseccionados y coloridas vísceras en conserva. Los primeros «textos» de Lem, en el instituto, no fueron «historias», sino un elaborado conjunto de documentos falsos e imaginarios: «certificados, pasaportes, diplomas… demostraciones codificadas y criptogramas…».

Para Lem la ciencia ficción es una forma documentada de un experimento mental: la vanguardia del conocimiento.

Todo lo demás es secundario, y es esa firmeza en su propósito la que confiere la fuerza motriz a su obra. Esta es verdaderamente «una literatura de ideas» que desprecia la emoción como trivial pero que atraviesa el cráneo como un picahielos.

Dadas sus predilecciones, es probable que Lem nunca hubiera escrito «historias de personas». Pero su argumentación para evitarlo es sorprendente. Las matanzas masivas durante la ocupación Nazi de Polonia, dice Lem, lo llevaron a la descripción de la humanidad como especie. «Aquel momento pulverizó e hizo explotar todas las convenciones narrativas que se habían usado anteriormente en la literatura. La incomprensible futilidad de la vida humana bajo la influencia del exterminio de masas no se puede transmitir con técnicas literarias en las que individuos o pequeños grupos de personas forman el núcleo de la narración».

Una declaración espeluznante, y una que la población de países más afortunados haría bien en considerar. Las implicaciones de esta convicción literaria son, por supuesto, extremas. La obra de Lem está marcada por inquebrantables situaciones extremas. Forcejea con las ideas con el mismo impulso convulsivo con el que un hombre que se ahoga lucha por respirar. La estructura narrativa, la trama, los valores humanos, la caracterización, la tensión dramática, todo se aparta implacablemente con una fuerte patada de natación.

En la crítica, sin embargo, Lem consigue respirar y puede examinar los pisoteados restos flotantes con ojo cínico. La ciencia ficción estadounidense, afirma, está irremediablemente en peligro porque su estructura narrativa es basura: las historias de detectives, los thrillers pulp, los cuentos de hadas, los mitos corruptos. Tales técnicas horteras y desgastadas son totalmente inadecuadas para la majestuosa escala de la temática natural de la ciencia ficción y la reducen a los trucos baratos de un mago de vodevil.

Lem desprecia todo eso, pues no se trata de un hombre que se entretenga con la magia de feria. Stanislaw Lem no es un tipo que persiga pasarlo bien. Curiosamente, para ser un escritor de ciencia ficción, parece tener muy poco interés en lo intrínsecamente extraordinario. No muestra un apetito natural por lo arcano, lo excéntrico, lo raro… Es daltónico ante la fantasía. Esto hace que desestime gran parte de la obra de Borges, por ejemplo. Lem afirma que «las mejores historias de Borges son las que se construyen tan herméticamente como una demostración matemática». Esto es una tautología del gusto, porque, para Lem, las demostraciones matemáticas son el estado al que las «mejores» historias deben aspirar necesariamente.

En una nota al pie en el ensayo sobre Borges, Lem hace una declaración un tanto rara: «En cuanto no haya nadie que esté de acuerdo con ella, una filosofía se convierte automáticamente en literatura fantástica». La literatura de Lem es filosofía; desviarse del sendero de la razón en aras de la mera emoción es un fraude.

La ciencia ficción estadounidense, por tanto, es un tejido de fraudes y los que la practican son unos idiotas en el mejor de los casos, pero principalmente son charlatanes que venden curas milagrosas. El severo puritanismo de Lem, sin embargo, lo deja a la deriva cuando se trata de la obra de Philip K. Dick: Un visionario entre los charlatanes. Lem se quedó claramente patidifuso cuando leyó a Dick, y se esfuerza por encontrar una cosmovisión subyacente que pueda reducir el delirio ontológico de Dick a un plano arquitectónico coherente. Es un esfuerzo en vano, lleno de condescendencia y confusión, como el de un maestro de ballet que intentase analizar a James Brown.

La ficción se escribe para seducir, para entretener, para iluminar, para transmitir valores culturales, para analizar la vida y las costumbres y la moralidad y la naturaleza del corazón humano. Lo que escribe Stanislaw Lem, sin embargo, está creado para taladrar agujeros mentales con inmisericorde luz coherente. ¿Cómo se puede hacer eso y aun así producir un producto que parezca «literatura»? Lem intentó la novela. Las novelas, lamentablemente, quedan raras sin personajes auténticos que las pueblen. Y entonces se le ocurrió: una idea genial.

Las recopilaciones Vacío perfecto y Un valor imaginario son las obras maestras de Lem. La primera contiene reseñas de libros, la segunda introducciones a varios doctos volúmenes. Los «libros» que se critican o comentan no existen realmente y tienen títulos socarronamente humorísticos como «Necrobias», del autor «Cezary Strzybisz». Pero aquí Lem ha encontrado estructuras literarias, no «historias» sino ensamblajes de prosa familiares y cómodos para el lector.

Por supuesto, es necesaria una cierta aridez en el gusto para leer un libro compuesto de «introducciones», tradicionalmente una especie de aperitivo de hojaldre antes del plato principal. Pero merece la pena por la sensación de libertad del autor, su placer manifiesto en deshacerse finalmente de ese arbusto espinoso de ficción que se interpone entre él y su grial. Son obras encantadoras, ocurrentes, ingeniosas, que invitan (y mucho) a la reflexión, y que carecen absolutamente de interés humano. La gente seguirá leyéndolas durante décadas. No porque funcionen como ficción, sino porque su forma se ajusta a su función con la siniestra elegancia de un rifle automático.

Aquí Lem ha refinado una decisión irrevocable. Es una decisión a la que se enfrenta todo escritor de ciencia ficción: ¿Va el escritor a escribir Novelas De Verdad que sólo son ciencia ficción por casualidad, o va a crear irreductibles artefactos de CF llenos de protuberancias que no son verdaderas «historias» sino textos visionarios? El argumento a favor del primer camino es que los Lectores De Verdad, es decir, los de literatura convencional, se niegan a fijarse en aquello que es ostensiblemente ciencia ficción. Cómo se debe de reír Lem mientras acumula elogiosas citas de las revistas Time y Newsweek (por no mencionar unos ingresos considerados como una de las mejores fuentes de divisas extranjeras en la pobre y precaria Polonia). Al camuflar su obra como las exudaciones de alta literatura de un crítico, ha conseguido superar los trucos de los magos yanquis, se lo ha guisado y se lo ha comido públicamente en las sagradas páginas del NY Review of Books.

Es un buen truco, difícil de ejecutar, que requiere ideas que brillan con tanta genialidad que su resplandor abruma los sentidos. Esa pericia en sí misma ya es digna de ciertos retortijones envidiosos por parte del sindicato local de escritores. Pero no deja de ser un truco y la cuestión fundamental sigue sin resolver. ¿Qué es, a fin de cuentas, «ciencia ficción»? ¿Y para qué sirve?


Agosto 1987