Los años sesenta


Debe de ser ciertamente irritante haber alcanzado la mayoría de edad durante los 80 o los 90 para descubrir tu década —tu momento histórico personal— constantemente eclipsada por La Década Que No Morirá, los diez años que han sido la sensación del siglo XX y que han acaparado la atención desde que tienes memoria. Los 60 no son tan sólo un pelo (un largo pelo) en tu sopa generacional, pero si eres una persona inteligente estarás al tanto de la falacia del decadismo y de cuán peligroso y estúpido puede ser embalsamarte en el atractivo ámbar del pasado.

En la mayoría de nuestras vidas, para bien o para mal, se da un periodo de experiencia máxima, una época en la que estamos en plena forma, en la que nos enfrentamos a un reto, soportamos una dura prueba, recibimos un reconocimiento especial, tenemos una continua y hasta el momento inimaginable diversión, o simplemente nos sentimos libres y felices. Luego existe una tendencia a congelarse psicológicamente en ese grato hielo y nos transformamos en fósiles vivos durante el resto de nuestra existencia.

Para las mujeres, ese papel cazamoscas retrógrado suele ser el campamento de verano o el instituto. Para demasiados hombres americanos, ha sido el ejército; el único momento de sus vidas en el que, libres de padres, esposas, hijos, aburridas rutinas y responsabilidades, con todas las necesidades cubiertas, podían disfrutar de la camaradería, de viajar y vivir aventuras. Un montón de los líderes de América jamás superó sus proezas bélicas, y estos jacos vetustos —agitando picanas con los colores de la bandera y ventoseando las notas graves del himno nacional— han insistido una y otra vez en aplicar soluciones militares a disputas económicas, la manifestación de un desarrollo atrofiado por el que el mundo ha pagado un precio duro y espantoso.

Los hippies de cabellos canos, siendo infinitamente más benignos, pueden parecer igualmente ridículos. Pero no dejaría de ser un error —una distorsión engreída— desestimar los años 60 como una década de mierda como cualquier otra con un buen agente de prensa. No sólo los 60 se diferenciaron de los 50, los 80, los 90, etc., sino que en varios aspectos significativos fueron mejores; mejores, por ejemplo, en el desembolso de pasión y compasión, mejores en el número de buscadores románticos y expedicionarios idealistas (benditos todos y cada uno de ellos) que buscaron algo más sustancial que el éxito material. Desde el punto de vista de la así llamada contracultura (durante un tiempo, la «contracultura» funcionó como la cultura prevaleciente), la música era menos superficial, se respetaba menos a la autoridad, se toleraba menos la violencia, se encadenaba menos el amor, se veneraba menos la riqueza, se codiciaba menos el poder, se cargaba menos con la culpa, se mimaba menos la depresión, se temblaba menos de miedo. En los 60, la comunidad artística no había despedido todavía a la belleza, la policía de la corrección no había demonizado el flirteo como acoso sexual y las entradas para acceder a todo tipo de nirvanas se podían obtener fácilmente en todo tipo de establecimientos, vetustos o futuristas, aunque Hermann Hesse nos advirtió en una ocasión que «el Teatro Mágico no es para todo el mundo».

La iluminación, os guste o no, es una condición elitista. En todas las eras y casi en todas partes, han residido pequeñas minorías de individuos iluminados que vivían la vida justo más allá del umbral, habiendo traspasado prematuramente el portal hacia lo que presumiblemente podría ser el próximo paso evolutivo de la humanidad, una fase cuya realización —si es que llega— se encuentra probablemente muchos años en el futuro. En algunos periodos clave de la historia, una u otra de esas minorías elitistas se ha hecho lo bastante grande y resonante como para afectar a la cultura en su globalidad.

Pensad en la época de Akenatón en Egipto, el reinado de Zoroastro en Persia, las edades de oro de Grecia y el Islam, los diversos grandes periodos de la cultura china y el Renacimiento en Europa. Algo parecido se cocía en América entre los años 1964 y 1972.

Quizá sea sentimental, si no directamente estúpido, idealizar los 60 como una edad de oro en estado embrionario. Obviamente, ese feto de época ilustrada abortó. Sin embargo, mientras duraron, los 60 fueron extraordinarios. Como los años de Arturo en Camelot, supusieron un avance, un momento fugaz de gloria, una época en la que una pequeña porción significativa de terráqueos alcanzó su potencial moral y coqueteó con su destino neurológico; un despertar espiritual colectivo que brilló resplandeciente hasta que los impulsos brutales y mediocres de la especie corrieron una vez más los gruesos cortinajes del sonambulismo cretinoide.

Hay algo más: creo que debe establecerse firme, clara y definitivamente que lo que llamamos los 60 nunca hubiera sucedido de no ser por la introducción de las drogas psicodélicas en el paradigma americano predominante.

Sin duda se habrían dado las protestas, los boicoteos y las manifestaciones, pero nunca habrían tenido ni una fracción de la magnitud que tuvieron; habrían sido mucho menos frecuentes, extendidas, intensas, coloridas o eficaces.

El coloso político y social de los 60 vino sobre ruedas musicales, y esa música le debe su ímpetu ético y estético a la psicodelia. Los ojos y los corazones se abrieron —a menudo a través de las orejas— a nuevas percepciones y posibilidades utópicas.

Fue un periodo vertiginoso de trascendencia y consciencia: la trascendencia de los sistemas de valores comprometidos y obsoletos, la consciencia de la enormidad y riqueza de una realidad interna hasta el momento insospechada. Su Zeitgeist, al margen de lo que hayáis podido escuchar, era político sólo de forma secundaria. Por mucho que haya sido enfatizado por periodistas confundidos, los movimientos políticos de la época (ya fueran pacifistas, feministas, medioambientales o raciales) fueron en gran medida el residuo de una explosión espiritual.

Ahora, en 1996, la palabra «espiritual» es, desgraciadamente, altamente sospechosa. Sin embargo, los cambios en la percepción y en la conciencia que caracterizaron y dotaron de energía a los 60 fueron de un tipo que sólo puede ser descrito como oceánico. Y fueron un resultado directo del misticismo inspirado por las drogas.

Por consiguiente, sostengo que hablar hoy en día de los 60 sin hablar de, pongamos, la psilobicina, la marihuana y el LSD, tal y como —excepto en burlonas notas al margen— vienen haciendo los medios ad infinitum, implica ser culpable del revisionismo más deshonesto. Es más, una tertulia sobre los 60 que ignorase o minimizase la contribución de las drogas psicodélicas sería similar a una tertulia sobre los huevos que ignorase o minimizase la contribución de las gallinas.

Para terminar, dejadme confesar que si me permitieran hacer un único viaje en una máquina del tiempo, no elegiría que me teletransportaran a 1967. No, por muy indeleblemente que ese año se encuentre grabado en los tejidos de mi memoria, por muy estimulante que me resulte a veces recordarlo, ya he estado ahí, ya hice lo que hice, y probablemente elegiría en su lugar viajar a París durante la Belle Époque; o al Japón del siglo XV, donde podría darle a la meditación, a los senderos de montaña, a los bares de sake y los burdeles en compañía de mi ídolo, Ikkyu Sojun. Sin embargo, mi negativa a aferrarme a mis años de formación no quiere decir que me quedaré tranquilamente sentado mientras gacetilleros despistados, tediosos resabidillos y chavales secretamente envidiosos difaman una época de nuestra historia reciente que destacó sobre todas las demás con resplandeciente promesa, al margen de las fracturas que esa promesa haya podido sufrir cuando finalmente se cayó de la escalera.


27 de octubre, 1996