La ciencia ficción y el hombre del Renacimiento

por (Trad.: Germán Ponte)

Despertar

Siempre he tenido como regla medir las opiniones de un hombre contrastándolas con su experiencia vital, y si no sé a qué se dedica, le pregunto. Lo cual, por cierto, es un crimen espantoso en Europa. Un parisino o un romano te hablará de su vida sexual, religión, ideas políticas, prejuicios y pecados, pero se ofende si le preguntas por su trabajo. Aquí, en los EE.UU. es al revés; lo cual me pone en una situación embarazosa, porque tengo la intención de hablar de la religión y el trabajo de la ciencia ficción. Ojalá pudiera hablar de su sexo también, pero no hay sexo en la CF… una situación lamentable.

Primero, un poco sobre mí para que tengáis una vara con la que medir mis opiniones. Tengo 43 años, casado, sin hijos. Nací y me crié en la ciudad de Nueva York… en la Roca, como decimos por allí… es decir, en la isla de Manhattan. Tenemos un club informal de snobs formado por los auténticos nativos neoyorquinos. Tendríais que escuchar cómo nos burlamos de las estirpes inferiores: «¡Querido! Esa mujer nació en Brooklyn y se crió en el Bronx. ¡Es ciertamente una turista!»

Me eduqué en colegios públicos de Nueva York; fui un estudiante de ciencias en la Universidad de Pennsylvania; luego un estudiante de derecho en la Universidad de Columbia. Pero estaba obsesionado con la idea del hombre del Renacimiento y me pasé la mitad del tiempo eligiendo cursos de música y arte y saltándome mis lecciones académicas. Naturalmente, abarqué más de lo que podía apretar, y nunca conseguí las notas necesarias para seguir con las ciencias o el derecho… razón por la que los médicos y los abogados de América nunca han dejado de darme las gracias. Aquellos eran los nefastos días de la especialización, a principios de los treinta, antes de que la Universidad de Chicago y St. John's en Annapolis enseñaran a nuestros educadores a respetar y fomentar la versatilidad.

Recuerdo cómo solía ir corriendo desde el laboratorio de anatomía comparativa a la academia de arte y apestar la clase con el hedor de formaldehído y cadáver. Y cuando salía de mi clase de análisis cualitativo para ir a la de composición y orquestación, llevando conmigo el dulce aroma del dióxido de azufre… ¡Oh, os lo prometo, aquellos fueron días miserables para un aprendiz de Charles van Doren… y para sus amigos también!

Después de terminar la universidad, derivé hacia la escritura. Derivar es la única palabra. Un hombre sin nada que hacer empieza invariablemente a escribir un libro. De hecho, si metes a un hombre en la cárcel también comienza a escribir un libro. No sé si este paralelismo tiene relevancia, pero sí sé que hay muchos autores a los que me gustaría ver en la cárcel.

Mujer

Lo que escribí fue, por supuesto, CF. Al igual que cualquier otro adolescente de los años veinte jugador de ajedrez, amante de los telescopios y feliz entre microscopios, me impactó la aparición de Amazing Stories, la llamativa revista del Sr. Gernsback. Las ideas de cuartas dimensiones, viajes en el tiempo, espacio exterior, microcosmos y macrocosmos, eran fascinantes, y leí y amé la CF hasta que en los años treinta su degradación en literatura pulp me causó repulsión. No fui capaz de regresar a ella hasta que John Campbell la rescató del abismo de los piratas espaciales, de los científicos locos, de sus encantadoras hijas vestidas con la ropa justa para satisfacer a las autoridades postales y de los malvados alienígenas, que fui capaz de regresar a ella. Apasionado por la CF, empapado en ella e imaginando que sería fácil escribir… ¿no es increíble la cantidad de gente que se engaña respecto a eso?… fue lógico que intentara hacer algo similar. Logré vender media docena de relatos miserables por la gracia de dos amables editores de Standard Magazines que disfrutaban hablando conmigo de James Joyce y me compraron las historias por compasión. Cuando se pasaron a los tebeos de Superman, me llevaron con ellos. Todavía no habíamos terminado Ulises. Aquellos eran los primeros días de los tebeos y necesitaban historias desesperadamente. Tuve que olvidarme de James Joyce, ponerme a trabajar en serio y aprender a escribir mientras me formaban, me machacaban y abusaban de mí sin piedad.

Pero me convertí en un escritor, ¡gracias a Dios! Me enseñaron tan bien que me perdieron. Me pasé a la radio y dediqué siete años a escribir y dirigir seriales como Charlie Chan, Nick Carter, La Sombra, etcétera. Cuando llegó la televisión, pasé allí otros tres años y escribí guiones hasta que comencé a soñar en tiros de cámara. Durante todos esos años no leí CF. No tenía ni tiempo ni ganas. Tomad nota de esto. Es importante. Luego volveremos a ello.

El resto de mi historial es breve y frenético. Era un escritor de plantilla en el programa de Paul Winchell cuando Horace Gold me llamó por teléfono. Lo había conocido de pasada en los días de Squinka… «Squinka» era el nombre que Manly Wade Wellman se inventó para los escenarios que solíamos escribir para los tebeos… Horace acababa de empezar a editar la revista Galaxy y me pidió que escribiera para él. Me reí como un loco. Era yo muy consciente de lo malo que había sido como escritor de CF; y en cualquier caso estaba trabajando diez días por semana para mi programa de humor… son siempre un infierno de escribir… y apenas sabía lo que significaba la CF.

Titiritero

Horace me siguió llamando una vez por semana, sólo para charlar y cotillear, creía yo; pero antes de darme cuenta de lo que ese demonio planeaba, me había puesto en la tesitura de que, de alguna manera, estaba obligado a escribir algo para él. ¿Os habéis dado cuenta de que existe un tipo de Maquiavelo que siempre os mete en líos? Tú estás a lo tuyo tan ricamente y lo siguiente que sabes es que te estás dejando el hígado haciendo algo para el demonio mientras tu sentido común grita: «¿Qué hago aquí? ¿Cómo me he metido en esto?»

El resultado fue que me despidieron del programa de Winchell, me fui a nuestra casa de Fire Island y me pasé el verano pescando en la playa y escribiendo El Hombre Demolido. No había leído CF en diez años; no había escrito CF respetable en mi vida; estaba convencido de estar escribiendo un truño. La recepción del libro me sorprendió y me halagó. Pero sentí que era injusto para los autores profesionales de CF. Yo era (y sigo siendo) un aficionado del género.

Después de eso escribí una docena de relatos para Tony Boucher y luego otra novela para Horace Gold: Las Estrellas Mi Destino.

Con esto me pongo al día. Debo añadir que ahora me he cansado de la televisión y que estoy haciendo una nueva transición hacia las novelas y los libretos contemporáneos. Me gano el pan como columnista de las revistas Holiday y McCall's. Otros datos: mido 1,85, peso 90 kilos y soy maníaco-depresivo; se me da bien la pesca desde la playa; colecciono parafernalia científica del s. XIX, tengo debilidad por las chicas guapas, especialmente si llevan gafas, estoy emocionalmente a la izquierda del centro en mis convicciones políticas —y sigo intentando perseguir mi ideal del hombre del Renacimiento.

Una de las cosas más difíciles de enseñarle a alguien ajeno al mundo de las artes —y en el mundo de las artes también— es que el ingrediente más importante del artista no es el talento, la técnica, la genialidad o la suerte. El ingrediente más importante eres tú. La persona que eres debe colorear todo lo que haces. Si lo que haces le gusta al público, tendrás éxito. Si lo que haces les habla a todos los públicos de todas las épocas, te volverás inmortal. Pero si tu personalidad no le resulta atractiva a nadie, entonces, al margen de la maña y la inventiva, fracasarás. Perry Lafferty, que dirige el Montgomery Show, lo resume amargamente. Perry dice: «Estoy en el negocio del Yo, eso es todo»

De hecho, esto no se limita tan sólo a las artes. Se extiende a todos los ámbitos de la vida, y uno de los peldaños en el camino de un hombre hacia la madurez es cuando descubre que, con las mujeres, la técnica es una pérdida de tiempo. Da igual cómo te vistas, actúes y te muestres; lo único que atrae es lo que realmente eres.

Cuando Hamlet habla con los cómicos, sugiere que el objetivo del actor debería ser reflejar la naturaleza. De hecho, haga lo que haga cualquier hombre, siempre se refleja a sí mismo. Continuamente se revela, especialmente cuando más intenta ocultarse. Toda la literatura pone al descubierto a los autores y a los lectores por igual… y en especial la CF.

Flatland

La historia de la CF lo refleja. La primera época de la revista Amazing Stories estaba repleta de reediciones de la obra de hombres maduros como H. G. Wells y Julio Verne. Esto, en parte, tuvo que ver con el pronto éxito de la revista. Gernsback formó a media docena de escritores que eran unos inútiles como escritores de ficción pero maduros expertos en alguna rama de la ciencia popular. La madurez de esos escritores prehistóricos de CF fue otra causa del rápido éxito que cosechó el género. Y otra causa fue también la madurez de los temas que trataban, que no eran en absoluto originales. Muchas de las ideas habían estado años a la espera, aguardando a ser explotadas. ¿Algún lector conoce la fecha de publicación de Planilandia, por A. Square? Ciertamente fue siglos antes de que la expresión «a square»1 adquiriese un significado más siniestro.

En cinco años la CF agotó las reediciones y los conceptos prefabricados y, por desgracia, cayó en las manos de los escritores pulp. Es entonces cuando se asentó el gran declive, porque la CF empezó a reflejar la interioridad del escritor mediocre, y la esencia del escritor mediocre es que no tiene interioridad. Carece de contacto con la realidad, de sentido de la proporción dramática, de principios del comportamiento humano, de mirada para descubrir la verdad y de oído para el diálogo. Es todo compromiso y trucos efectistas.

Durante casi diez años la CF se regodeó en esa pocilga mientras los fieles se quejaban patéticamente. Los fans suplicaron a los editores. También los regañaron, sin darse nunca cuenta de que la culpa residía en la interioridad de los escritores; no en las historias —que a veces estaban bien hechas e incluían todos los trucos conocidos de la profesión— sino en el vacío interior. Muchos hombres vacíos escribieron historias ingeniosas y efectistas que dejaron a los lectores insatisfechos. No tenían en su interior nada que comunicar.

Ahora bien, no tenéis que confundir interioridad con propósito o mensaje. Cuando digo que un hombre no tiene nada que comunicar, no me refiero a que no tenga un mensaje que predicar. Me refiero a esa cualidad que a veces llamamos personalidad o encanto… un punto de vista, una actitud hacia la vida que sea interesante o atractiva. Y recordad que todo el mundo tiene personalidad, en mayor o menor grado. También recordad que sólo algunos individuos únicos tienen encanto a ojos de todo el mundo. ¿Cuántas veces surge una Audrey Hepburn? ¿O, si preferís, una Rosemary Clooney? ¿O, para ellas, un Rex Harrison? No, la mayoría de nosotros nos tenemos que contentar con un Cociente de Encanto inferior a cien.

Spacehounds

En los años treinta nos solíamos preguntar por qué nos gustaban tanto las space-operas de Doc Smith. Solíamos sentirnos culpables al respecto. Ahora me doy cuenta de que en aquella época Doc Smith tenía encanto para nosotros. Tenía algo atractivo en su interior que se reflejaba en sus estereotipos melodramáticos. Cuántas veces, al escribir y dirigir mis propios programas, he presenciado cómo el mismo milagro transformaba a los actores… técnicos horripilantes sin el menor talento interpretativo que, sin embargo, exudaban un encanto que compensaba todas las deficiencias. Compañeros de fatigas, si alguna vez tenéis que elegir entre tener un elevado Cociente Intelectual o un elevado Cociente de Encanto, os animo a que os quedéis con el encanto.

John W. Campbell, Jr. fue el hombre que rescató a la CF del vacío. Campbell era un hombre extraño… según todos los relatos. Sólo lo vi en una ocasión, cuando empezaba a embarcarse en su furor de la Dianética, y mi experiencia con él fue ridícula y embarazosa. Pero por muy extraño que fuera Campbell, era un hombre con una fuerte interioridad que inmediatamente brilló a través de las páginas de Astounding Science Fiction. Creo que en el caso de Campbell se trataba más de personalidad que de encanto.

Luego llegaron Horace Gold de Galaxy y Tony Boucher de Fantasy and Science Fiction. Al igual que Campbell, Gold y Boucher eran hombres extraños; también al igual que Campbell, ambos tenían enérgicas interioridades que se reflejaron en sus revistas. Y recordad, no existen tantos hombres con interioridades enérgicas, sean extraños o de cualquier otra clase.

Antena

Campbell le dio personalidad a la CF; Gold y Boucher ampliaron sus horizontes. Los escritores mediocres empezaron a desaparecer; los honestos artesanos que se habían visto forzados a ser mediocres para ajustarse a la norma pudieron volver a hacer un trabajo honesto. Surgieron nuevos escritores. La CF empezó a crear nuevos conceptos porque nuevas mentes, mentes con profundidad, por así decir, se sintieron atraídas por ella. Volvió a gustar porque nuevas personalidades, personalidades con profundidad, se comunicaban a través de las historias. Heinlein, Kuttner, van Vogt, Sturgeon, Asimov, Kornbluth. Estos hombres nos fascinaban… pero ¿cuánto, en realidad? Ahora llego a la parte sacrílega de este ensayo. Se avisa a los tradicionalistas y a los monárquicos antes seguir con la lectura.

[Aquí Bester dice que va a explicar por qué perdió el interés en la CF durante diez años. Comienza describiendo uno de sus infernales días de trabajo en la industria del entretenimiento; y cuando llega a casa… ]

… estoy demasiado estresado para acostarme. Me tomo dos pastillas para dormir, me pongo cómodo con una revista de CF… Y hago el extraño descubrimiento de que no me interesa un pimiento una historia fantástica sobre un inventor que intenta viajar a la luna en un cohete pero que sólo consigue destruir la Tierra, y que se preocupa porque ahora es Adán pero no tiene una Eva que lo ayude a repoblar el mundo, pero no pasa nada porque al final lo hace por su cuenta.2

En la industria del entretenimiento, la vida es un conflicto constante… todo tensión y dinámica, razón por la que consumimos tantos Miltown y Nembutales y psiquiatras. Pero toda la vida es conflicto, tensión y dinámica. Vosotros pasáis por lo mismo que yo; quizá no tan a menudo, quizá no de manera continua, pero también os pasa. Lo que quiero decir es esto: cuanto más me enfrento al drama de la realidad, menos interés tengo en la CF. Y creo que a todo el mundo le pasa lo mismo.

Esto no es cierto de toda la literatura. No quiero decir que cuando uno está metido de lleno en la realidad deja de leer por completo. Al contrario, cuando uno está hasta arriba de problemas, algunos libros se vuelven más necesarios que un tranquilizante. Lo que planteo es lo siguiente: que la CF es un género literario tan sólo aceptable en momentos de ocio, calma o euforia. No es ficción escapista. Es ficción cautivadora. Empleo la palabra «cautivadora» en el sentido de que reclama tu atención… para emocionar, estimular, acrecentar. Nadie quiere leer ficción cautivadora cuando ya está estimulado; sólo podemos disfrutarla cuando estamos en calma y eufóricos.

La euforia es una sensación general de bienestar, sin llegar a ser un efecto evidente del regocijo. Aquí empleo el término con particular referencia a los adultos. Francamente, sólo un hombre que ha conocido problemas adultos puede entender el significado de «euforia». Los jóvenes —y yo también fui joven una vez— conocen toda la agonía de la juventud y viven momentos de alivio; pero eso no son problemas adultos ni euforia adulta.

Lector

Los jóvenes se encierran a menudo en la ficción escapista pura, incluyendo la CF. También devoran CF como parte de la curiosidad omnívora de la juventud. Los adultos atrofiados, es decir, atrofiados en su desarrollo, también se encierran en ficción escapista sin adulterar, incluida la CF; pero aquí no estamos hablando de los lectores jóvenes o introvertidos. Estamos hablando de los fans maduros que disfrutan de la CF igual que disfrutan de la alta fidelidad, el arte, la política, los deportes, la ficción escapista, las lecturas serias, las travesuras y el trabajo duro… todo en proporciones razonables, según la oportunidad, la temporada y el estado de humor. Yo sostengo que la CF es tan sólo para un estado de humor eufórico.

Uno de los hechos que mejor respaldan mi opinión es que las mujeres, por lo general, no aprecian la CF. La razón me parece obvia: las mujeres son básicamente realistas; los hombres somos los románticos. El núcleo duro de realismo en las mujeres normalmente suprime la condición de «estar en las nubes» necesaria para el disfrute de la CF. Cuando una mujer sueña, extrapola la realidad; sus fantasías se basan siempre en hechos. Las revistas para mujeres —y hablo como redactor de McCall's— están dedicadas a fantasías de amor, matrimonio y hogar, no a la antimateria. Y los escritores que les gustan son aquellos cuya interioridad refleja una actitud frente al amor, el matrimonio y el hogar que le resulta atractiva a las mujeres.

¿Cuál es entonces la interioridad de los escritores de CF que tanto gusta a los fans cuando están en calma y eufóricos? Descartemos de inmediato cualquier noción de una crítica social seria, una especulación científica valiosa, una extrapolación filosófica importante, etc. Eso son pretextos de la CF y en realidad no valen nada. Pero como sé que no me vais a dejar descartarlos como simples apariencias sin un buen argumento, hablaré de ellos brevemente antes de proseguir con la euforia.

Ayuda a Alfa Centauri

En lo que se refiere a la contribución filosófica de la CF, voy a citar el gag que fue de boca en boca el pasado otoño sobre la pareja que llevaba casada cincuenta años. Todos lo conocéis, pero lo voy a contar de todas formas: os tengo atrapados. Los estaban entrevistando y al marido le preguntan por el secreto del matrimonio feliz. Contesta: «Cuando nos casamos decidimos que mi mujer tomaría las pequeñas decisiones y que yo tomaría las grandes decisiones». El entrevistador pregunta: «¿Cuáles son las pequeñas decisiones?» «Oh, qué apartamento alquilar, cuánto pagar de alquiler, si debo dejar el trabajo, si debo pedir un aumento, a qué colegio enviar a los niños… Cosas así.» «¿Y cuáles son las grandes decisiones?» «Oh… quién debería presentarse para presidente, qué hacer respecto a Oriente Medio, si debemos enviar ayuda a Slobbovia.»

Aplicando esto a la CF, sostengo que, cuando se trata de crítica social, filosofía y demás, la CF toma normalmente las grades decisiones. Sabe poco (y le importa aún menos) de la resolución cotidiana de los detalles de la realidad; sólo le interesa tomar las grandes decisiones: ¿Quién se presenta para presidente de la galaxia? ¿Qué hacemos con Marte? ¿Deberíamos enviar ayuda a Alfa Centauri?

En lo que se refiere a la contribución científica de la CF, voy a contaros la historia del Pshush, os guste o no. Durante la guerra, un almirante estaba revisando informes de personal y en la ficha de un hombre leyó lo siguiente: «Ocupación en la vida civil: Hacedor de Pshush». En aquellos días todo el mundo estaba buscando un arma secreta, así que el almirante llamó al hombre y le dijo: «Aquí pone que es usted Hacedor de Pshush. ¿Qué es un Hacedor de Pshush?» El hombre contestó: «No puedo explicarlo; se lo tengo que mostrar, señor». El almirante dijo: «¿Qué necesita?» El hombre dijo: «Cincuenta y siete hombres y un Corvette».

Así que le dieron los cincuenta y siete hombres y el Corvette, y se pasó tres meses navegando alrededor del mundo reuniendo extraños materiales… cobre, plata, platino, cristal de roca, aluminio, etc. Luego hizo una demostración de alto secreto en la Bahía Baffin. El almirante y todos los altos mandos se encontraban allí, y observaron a los cincuenta y siete hombres colocar todos los materiales en un enorme aparato en el capó del Corvette. Luego encendieron soldadores y lo calentaron al rojo vivo. Y luego lo empujaron por la borda… e hizo ¡PSHUSH!

Normalmente, la ciencia en la CF es Hacer Pshush. Reunimos extraños materiales —las teorías, ideas y especulaciones de científicos de verdad—, los juntamos en extraños aparatos, los calentamos al rojo vivo con el talento y la técnica del escritor profesional… ¿y todo para qué? ¡Para que haga un gran Pshush! Si el almirante se hubiera reunido con sus altos mandos para evaluar seriamente el valor militar de Hacer Pshush, no sería más ridículo que una discusión sobre la seriedad de los aspectos científicos en la CF.

Pero hay un lado positivo en todo esto, o quizá debería decir un lado Pshush, porque opino que éste es precisamente el encanto esencial de la CF. Antes dije que los hombres son unos románticos. Al contrario que las mujeres, no podemos encontrar un placer perpetuo en los detalles cotidianos de la vida. Una mujer puede llegar a casa en éxtasis porque compró un producto de tres dólares rebajado a dos con ochenta y siete, pero un hombre necesita más. Cada cierto tiempo, cuando nos hemos librado de conflictos —estamos eufóricos, si queréis— nos gusta relajarnos durante unas horas y preguntarnos por la razón de la existencia y hacia dónde vamos. La vida es suficiente para la mayoría de las mujeres; la mayoría de los hombres inteligentes deben preguntarse por qué y hacia dónde.

Para ello, en Inglaterra tienen los pubs. Puedes pasar unas horas en tu local, hablando sin parar con otras personas sobre el porqué y el hacia dónde. Alfred Doolitle, el basurero escrito por Bernard Shaw en Pigmalión, es el ejemplo supremo. En Francia parlotean todo el día en los cafés. En Italia tienen cafeterías y en Viena weinstube. Pero aquí en los EE.UU. el hombre inteligente no tiene nada. Tras las felices charlas y discusiones universitarias no hay a dónde ir. Nadie habla en los bares americanos; todo el mundo está demasiado ocupado intentando imitar a Steve Allen o a Arthur Godfrey. Y, en cualquier caso, demasiados hombres americanos son compulsivos, en exceso dominados por sus histerias para ser capaces de mantener una charla eufórica. ¿Qué otra salida le queda en sus horas de reflexión salvo la CF?

Científico

No… Si me queréis y queréis a la CF, libradnos a ambos de todas las implicaciones de relevancia científica. Librad a la CF de cualquier necesidad de tener un propósito o un valor. La CF está muy por encima de las varas de medir utilitarias de las mentes técnicas, las mentes ejecutoras y las mentes educativas. La CF no es para carcas. Es para el moderno hombre del Renacimiento: vigoroso, versátil, entusiasta… lleno de curiosidad romántica y especulación impráctica.

¿A que acabo de pintar un cuadro sobre la interioridad de los autores que os gustan de la CF? ¿Qué ha contribuido alguno de ellos a la ciencia moderna, a la filosofía, la sociología o la crítica? Nada, gracias a Dios. Han estado escribiendo ficción cautivadora, que reclama tu atención, te entusiasma, te estimula y te hace más grande cuando estás de humor para ser estimulado, cuando estás de un humor eufórico y dispuesto a que te estimulen, te entusiasmen y te hagan más grande.

Cuando quiero que me eduquen, no recurro a Heinlein, Kuttner, van Vogt, Sturgeon, et alios. Recurro a adustos textos escritos por expertos y aprendo mientras trabajo y sufro. Pero cuando quiero la alegría de comunicarme con otros hombres del Renacimiento, dejo a los petardos y me lanzo a por Heinlein, Kuttner, van Vogt, et alios. Estos son los hombres con los que me encanta especular en el bar mientras mi mujer está en casa ordenando la colada.

Permitidme ser específico. Yo soy, como he dicho, un aficionado en la CF. Mi labor real como escritor reside en otros campos. Sólo he conocido a algunos de los escritores más connotados del género, pero sus personalidades confirman mi argumento en sus obras. La extrapolación que hace Bob Heinlein del futuro de nuestra civilización es ingeniosa, imaginativa y no sirve para nada. Pero Bob posee un enfoque árido e irónico de la vida que se refleja en su forma de escribir y que es una delicia compartir. Podéis decir lo que queráis sobre su ciencia, pero está claro que es el Will Rogers de la CF, y un compañero ideal en el pub.

Ted Sturgeon es un poeta imaginativo y sensible que puede escribir sobre las emociones humanas con tanta fuerza que está perdiendo el tiempo en la CF. Su ciencia es una improvisación plausible; su ficción es única. Su comprensión y enfoque de los seres humanos —su Cociente de Encanto, si queréis— lo vuelve insoportablemente conmovedor. Al igual que Heinlein, Sturgeon tiene demasiado en su interior como para que se desperdicie en un género de ficción que, por su naturaleza, se dedica exclusivamente a nuestras horas de euforia.

Hombre demolido

¿Y qué hay de mí? Alfie Bester. Ahora volvemos a lo básico. ¿Qué hizo que El Hombre Demolido fuera un libro interesante, mientras que las historias que había escrito diez años atrás habían sido unas chorradas espantosas? La respuesta es: diez años. Tenía diez años más; diez años más de experiencia. Diez años de duro trabajo enfrentado a una dura realidad permitieron que algo cristalizara en mi interior y me diera una actitud. No me percaté entonces, pero diez años habían convertido al niño en un hombre.

Creo que comprendo por qué os gustó El Hombre Demolido. Aparte de los trucos y argucias al alcance de cualquier escritor profesional, lo que os gustó es lo que está en mi interior; mi actitud respecto a la gente y a la vida. No os gustó mi intelecto, al margen de lo que os digáis. No sé encontrar la salida en una cabina telefónica. Lo que comunicó con vosotros fue mi actitud emocional madura. Os he dicho que estoy emocionalmente a la izquierda del centro en mis convicciones políticas; lo mismo sucede con mi actitud respecto a las personas.

Creo que todo el mundo está obsesionado, pero que nadie es malvado. Creo que todo el mundo tiene grandeza en su interior, pero pocos tenemos la oportunidad de realizarnos. Creo que todo el mundo tiene amor en su interior, pero la mayoría de nuestros amores son frustrados. Creo que el hombre es una creación única de la naturaleza, pero soy capaz de creer en una creación más perfecta. Creo que toda esperanza y aspiración, así como toda debilidad y vicio que poseo, es algo que comparto con todos mis hermanos del mundo… y todo el mundo es mi hermano.

Todo esto es emocional, sin validez y sin valor para cualquiera que busque datos científicos y normas que regulen su vida. Pero creo que soy el tipo de persona con la que no te importaría pasar unas horas en un bar, hablando sin parar sobre cualquier cosa… de la misma forma en que te gustaría pasar un rato con Heinlein y con Sturgeon. Ese es el atractivo de El Hombre Demolido. No lo que digo, sino lo que me hizo decir las cosas que dije.

Voy a hablaros ahora como un hermano que se encuentra en una posición única: puedo ser honesto. Lo único que se interpone entre un hombre y la honestidad son los símbolos de su juventud que deben consumarse y cumplirse. Un hombre hambriento no puede ser honesto. He tenido la fortuna de haberme desprendido de casi todas mis obsesiones adolescentes. Hoy puedo permitirme ser honesto porque he tenido la suerte de haber obtenido todas las cosas que sólo se pueden conseguir con la falta de honestidad. Las he conseguido y he terminado con ellas. Sólo permanece la integridad. Así pues:

¿Debemos tomarnos en serio la CF?

Ni más ni menos que nos tomamos en serio la televisión.

¿Por qué?

Porque ambas tienen un ámbito limitado; y toda forma de arte con un ámbito limitado atrae a artistas limitados y sólo merece una consideración limitada.

¿Cuál es el propósito del arte?

Entretener o emocionar al público.

¿Puede la CF entretener?

Sí, en un determinado estado de humor receptivo.

¿Puede emocionarnos?

No.

¿Por qué?

Sólo puedo contestar a esa pregunta si cometo el atroz crimen de hablar de vuestra religión literaria. Y la mejor manera de empezar es mencionar a Ignatius Donnelly, el santo patrón de los lectores americanos, aunque pocos conocen su nombre. Donnelly escribió un libro titulado El Gran Criptograma. ¿Os suena? Fue el Sr. Donnelly el que intentó demostrar que Bacon escribió las obras de Shakespeare.

Es el santo patrón de los lectores americanos porque pocos lectores americanos creen realmente que Shakespeare escribiera las obras de Shakespeare. Pocos americanos pueden comprender o entender el genio artístico. Cuando se enfrentan a un logro único en las artes, los americanos siempre buscan detrás de la cortina, a la caza del negro, el colaborador desconocido, el poder oculto tras el trono. Nunca parece ocurrírseles que una vez encuentren el poder oculto volverán a enfrentarse al mismo problema una y otra vez, y que tendrán que husmear hasta el infinito.

Ahora bien, es interesante que los americanos no tengan la misma actitud con la ciencia. Nadie ha escrito un libro intentando demostrar que algún otro se inventó los inventos de Edison. Nadie va nunca a excavar la tumba de Morse a ver si inventó la radio de Marconi. Hay una vieja superstición respecto a que un negro desconocido compone la música de Irving Berlin, pero nadie sueña que un japonés inventara el aeroplano de los hermanos Wright. Oh, es cierto que a veces los científicos se meten en follones de precedencia, pero ningún americano es incapaz de comprender el talento científico.

Técnico

La razón es que somos una nación de mecánicos aficionados. La ciencia y la invención nos caen simpáticas y nos podemos identificar con el talento mecánico. Cuatro de cinco americanos están amamantando una invención secreta, y se toman ese sueño muy en serio. Sigo convencido de que da Vinci es un pintor popular entre nosotros fundamentalmente por el interés de sus preciosos dibujos mecánicos. También estoy convencido de que la fotografía nos apasiona porque permitió que fuera posible simular resultados creativos con medios puramente mecánicos.

Espero que no conozcáis la historia de dos fotógrafos aficionados que se encontraron en un cuarto oscuro. Uno le dijo al otro: «Jo, hoy he visto algo patético en el parque. Era un viejo pordiosero, con una larga barba blanca y el pelo desgreñado. Su ropa estaba hecha jirones; estaba sucio y muerto de hambre; y la mano que alargó hacia mí parecía una garra». El otro aficionado dijo: «¿Qué le diste?» «Oh, un cincuentavo de segundo con una apertura de 3.5».

En cierto sentido, esa es la actitud americana hacia la naturaleza humana. Nos interesa la apertura del diafragma y la velocidad del obturador, el control del tiempo y la temperatura. Nos interesa la mecánica del ser humano… su anamtomía, morfología y psicología; las estadísticas de su vida, muerte y hábitos de apareamiento… pero no nos interesan los seres humanos como humanidad, como criaturas hermanas. Es este hecho, por cierto, el que explica la eterna popularidad de la así llamada comedia de situación en los escenarios, los cines y la televisión. No tengo que recalcar que las comedias de situación se concentran en la mecánica de una situación en lugar de en los seres humanos involucrados en ella.

Como el arte, la literatura y la poesía se preocupan del ser humano como una criatura hermana, casi como un reflejo de nosotros mismos, no somos muy compasivos con esas disciplinas o con sus grandes artífices. Es por eso que nos resulta difícil comprender el talento artístico. Y también es la razón por la que preferimos que nuestra CF se centre en la mecánica de la vida y que deje de lado a los seres humanos.

La CF raras veces, por no decir nunca, trata los genuinos problemas y emociones humanas. Su ciencia cubre del siglo XX al siglo L. Sus personajes permanecen habitualmente en el siglo XVI. Se esbozan en el estilo bidimensional de las Moralidades y se enfrentan a problemas con la profundidad de un culebrón. Cuando la CF intenta abordar la comedia —que es la esencia de la humanidad— sólo consigue atizarse con cachiporras de goma.

Cualquier forma de arte que evita cuidadosamente la realidad humana como sujeto no puede pretender emocionar al público. La CF puede entretenernos y fascinarnos, estimularnos y agrandarnos con sus ideas innovadoras e ingeniosas extrapolaciones, pero raras veces nos puede causar pena o terror. Hay excepciones, por supuesto, pero en general la CF adolece de un gran vacío emocional.

Podríais argumentar: «Aceptando que lo que dices es cierto, ¿qué importa? ¿Debe la literatura llevar a sus lectores a la pena o al terror para ser respetable? ¿No existe la ficción escapista o cautivadora?»

Contesto: «Tenéis toda la razón. Existe la ficción escapista y no pretendo dejar de lado la respetabilidad de cualquier forma de literatura. Tan sólo intento situar la CF en referencia a los autores, los temas que trata y los lectores, en este momento con especial énfasis en el lector».

Tuve un profesor de teatro que una vez preguntó en clase cuál pensábamos que era el hecho principal, la esencia del teatro. Sugerimos que el escenario en sí, los actores, el libreto… Nos dijo que nos equivocábamos. La esencia del teatro es el público. El público comparte una obra mientras se representa. El teatro nunca es algo vivo hasta que se comparte. Cualquiera que haya ido alguna vez al teatro o que haya trabajado en un escenario sabe que es verdad. Debéis de haber experimentado esa comunicación compartida que da vida al teatro. Ese hecho de compartir es la razón crucial por la que la radio, la televisión y las películas cansan al público, mientras que el teatro no. No puedes comunicarte con muertos vivientes, te agotan. Sólo la comunicación puede inspirar y llenar de energía.

Relación

No existe, por desgracia, esa comunicación entre el novelista y el lector, pero sí se da algo parecido entre un género literario y sus seguidores. El género de la CF y sus fans se comunican entre sí, se influyen mutuamente, y hasta cierto punto mediante telepatía o posesión diabólica… pero me consta que sucede.

He tenido esto en mente todo el rato que he pasado hablando de la CF con tanta franqueza; no (Dios me ayude) para predicar un mensaje y convertiros en cruzados para la mejora de la profesión. Ni siquiera sé cuál es la dirección en la que tendría que ir. No, he soltado esta cháchara con la esperanza de que nos ayude a comprendernos unos a otros y a compartirnos mejor, tanto autores como lectores.

La CF, al igual que todas las artes, al igual que cualquier acto vital del hombre, refleja lo que somos. Si podemos comprender la CF sin engaños, recriminaciones, ataques y defensas, puede que seamos capaces de comprendernos a nosotros mismos… y viceversa. Ese tipo del Renacimiento con el que no dejo de tentar a mi conciencia intentaba comprender sin juzgar. Deberíamos hacer lo mismo.

¿Qué somos, entonces, en términos de CF? ¿Qué es la CF en términos de nosotros? Dejadme que os reconstruya la imagen; y recordad que sólo es una parte de nosotros. Es la imagen de un apasionado joven romántico que huye de su alma y concentra su pasión en el mundo objetivo; un romántico con el valor de barajar conceptos complejos y audaces, pero que sin embargo tiene miedo de las confusiones del comportamiento humano; un romántico lleno de curiosidad, pero curiosamente indiferente a la mitad de los prodigios que lo rodean; un romántico, vigoroso y honesto en sus especulaciones, y que sin embargo se engaña a menudo respecto al valor de sus especulaciones; un romántico encantador, pero introvertido; un romántico del Renacimiento, pero un romántico neurótico.

Este es mi retrato de la CF, de vosotros, de mí mismo. Si no os gusta, podéis discutírmelo, por supuesto; pero en lugar de eso os sugiero que uséis una frase recogida por S. N. Behrman. Cuando Behrman era un niño en Providence, Rhode Island, uno de los hombres más eminentes de la ciudad era el Dr. Bradley, presidente de la universidad de Brown. Una tarde, Behrman se subió a un tranvía y vio al Dr. Brown sentado al otro lado del pasillo. Frente al doctor se encontraban cuatro rabinos ortodoxos, observando al avergonzado caballero y discutiendo furiosamente en yiddish si se trataba en efecto del gran hombre o no. Finalmente, se giraron hacia Behrman y uno le pregunto: «¿Es ese hombre el brillante erudito Doctor Bradley?» Behrman dijo que así era. El rabino dio un respingo, decepcionado, y dijo: «Bueno… si ese hombre es el Dr. Bradley, entonces cualquiera puede ser cualquiera».

University College
University of Chicago, 1957


Notas

  1. Square (argot): figuradamente, persona aburrida, convencional, chapada a la antigua, poco abierta a las nuevas ideas, que piensa en estereotipos; carca. N. del T. 

  2. Bester está haciendo referencia a un relato suyo, Adam and No Eve, publicado por primera vez en el número de septiembre de 1941 de la revista Astounding Science Fiction